Dicho esto se marcho en silencio, Nart iba tras de él. Berengüer se adelanto unos pasos y dijo:
-La princesa cabalgara junto con nosotros, no habrá necesidad de la carroza. ¡Edmnd!
-Mi capitán –contestó este, quien se encontraba en la parte posterior del comedor.
-Te encargarás de los caballos de la princesa y la dama Alora, si es necesario que alguno de los Sarai te ayudé, pues que así sea. Deben estar todos listos para partir antes de la hora indicada, por si así lo desea el Bńelekoh Tekuh o la princesa. Por lo tanto, espero que para el atardecer todos estén preparados y solo tengan tiempo para descansar lo necesario hasta la hora de partida. Es todo por el momento, pueden retirarse, Sarai Richari.
Todos unísonos, contestaron haciendo una reverencia:
-¡Señor!
Se marcharon como les habían indicado, ha poner todo en orden, excepto por Aigmund. Este se acercó a Berengüer, y cuando todos se marcharon del comedor, este le preguntó:
-¿Por qué no le han revelado a los Sarai que el rey a muerto?
-El Bńelekoh lo creyó prudente, además no deseaba esparcir la noticia más allá. Si el enemigo la ha mantenido oculta de todo el reino, es mejor que no lo sepan los Sarai. Uno nunca sabe quien pueda estar sirviendo de doble agente, y más aún cuando la vida de la princesa está en peligro.
-¿No crees qué los Sarai se darán cuenta?
-No. Ahora ve y asegúrate que todo esté en orden, me tengo que reunir con el Bńelekoh que tiene nuevas órdenes que darme.
Berengüer con miles de preguntas en su cabeza, fue a buscar a Senín, quien le esperaba en su habitación. Una vez allí, Senín le hizo sentarse junto a él, y le dio nuevas órdenes. Debía escoger dos de sus hombres para servir de exploradores, quienes se adelantarían e investigarían el camino de cualquier problema que pudiesen encontrar, una vez salgan del túnel. Le indicó como deseaba la formación de los Sarai en torno a la princesa: arqueros en la parte frontal y posterior, aquellos con jabalina de igual forma ubicados; seis hombres con espadas largas debían estar frente y detrás de la princesa que estaría cerca de ellos dos, que irían al frente; incluyendo a Nart. Los demás en el centro, justo detrás de la princesa. Le informó, ordenándole no revelarlo, que visitarían el monasterio Éwärd a petición de la princesa y que les tomaría cuatro días en llegar, si todo marchaba bien. Al terminar, le preguntó si tenía alguna duda o comentario, y a la negación de Berengüer le pidió se marchara para poder descansar.
En palacio, luego de concluida sus oraciones, la princesa envió a llamar al mayordomo del palacio para darles las instrucciones a seguir, una vez se marche del palacio. Le indicó que su bandera debía permanecer en el asta al menos una semana; las audiencias estaban canceladas hasta nuevo aviso; y nadie debía saber que ella había abandonado el palacio, no al menos pasada el tiempo previsto, cuando tenía permiso de bajar su bandera. Sobre los mercaderes encarcelados, les podía dar su libertad una vez su sentencia estuviese finalizada. Sus visitas debían estar supervisadas en todo momento, y solo sus esposas tenían el permiso de verles, si hubiese alguna objeción a sus órdenes se quedarían suspendidas. Sobre el Marqués Wrikam, añadió:
-Si su señoría nos enaltece con su visita, le indicará que estoy indispuesta y se le dará previo aviso cuando pueda pasar para una audiencia. Saldré mañana en la tarde y durante todo este tiempo le pediré no nos moleste, Alora se encargara de todo lo demás.
-Por supuesto, Su Alteza, -contestó con una reverencia, pero había algo en él que no era de confiar. De todas formas, Dinorah se aseguró de que no supiera que saldrían antes, por si su inesperada salida del palacio, de algún modo, llegaba a oídos de sus enemigos. Al terminar, le pidió se marchara, lo que el mayordomo hizo de inmediato. Por su parte, Dinorah se retiro a su recamara para descansar y luego prepararse para su viaje.
Dos horas antes de la media noche, los Sarai esperaban a la princesa y a la dama Alora a la entrada del túnel. El sótano del palacio era lo suficientemente espacioso como para que los veintiséis, de treinta soldados que componían los Sarai, cupieran junto con sus caballos. Los otros cuatro restantes, que cuidaban del túnel, les acompañarían según fueran pasando los puestos. Senín entró al sótano y se dio cuenta que la princesa no había llegado aún, se acercó a Berengüer y le inquirió por ella. El capitán de los Sarai le contestó que ya le había enviado un mensaje de que estaban listos para ella, y la princesa aviso que no le faltaba mucho. Así fue, minutos más tarde ella entró vestida con sus atuendos de cabalgar. Su indumentaria era toda en seda con embrocados en oro y plata y de diferentes tonalidades de azul. Llevaba pantalones anchos y botas de cuero; un chaleco de seda con los mismos detalles de su pantalón ceñido a la cintura por un paño en organza dorado, y dentro llevaba una camisa de chiffon. Su cabello estaba recogido por una especie de redecilla en organza con detalles en perlas color crema. Su dama de compañía vestía un similar atuendo, pero de color purpura. El Bńelekoh Tekuh sonrió al verla, pues ella le dio una mirada como preguntando si él aprobaba de su indumentaria.
Berengüer se acercó a ella y le entregó una espada que estaba guardada en una vaina dorada, la cual ella colocó en su cintura. El capitán de los Sarai se acercó a Alora, y con suma timidez, que no permitió se notara, le entregó la espada de ella. Alora le sonrió dulcemente y en su cintura amarró el cinturón de su espada. La princesa fue ayudada por Aigmund a subir a su corcel, mientras que Berengüer asistió a Alora. Le ofreció su mano para ayudarla a montar, la cual ella aceptó entregándole la suya. Berengüer respetuosa y suavemente apretó la mano de Alora. Ella abrumada por lo sucedido, montó rápidamente y cortó con el contacto táctil entre ambos. Le agradeció su asistencia sin mirarle a los ojos. Su respiración era rápida, y nerviosa se puso sus guantes.
Berengüer asintió con la cabeza al agradecimiento de Alora, y se marchó a montar su caballo un poco confundido con lo ocurrido. Tal vez, pensaba, fue un atrevimiento de mi parte. Los sentimientos que en su corazón se anidaron al sentir el calor de sus manos en las suyas, alivio todo sentido de culpa. Dibujo en su rostro la silueta de una sonrisa mientras montaba su caballo, satisfecho con su osadía. No sabía cómo interpretar la reacción de la dama que era dueña de sus sentimientos, pero estaba seguro que la misión a la que se adentraban, le ayudaría a acercarse más a ella. Hasta quizás conocer si sus sentimientos eran recíprocos.















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