Senín dio la orden de salida y se adentraron al túnel, los últimos soldados se encargaron de cerrar las puertas. Por alrededor de dos horas estuvieron en el vientre del túnel, ya que eran un grupo grande. Se encargaron de cerrar los dos puestos, y recoger los soldados que los guardaban. Al salir, el cielo estrellado les dio la bienvenida a una oscuridad perpetua. Los exploradores se adelantaron y regresaron minutos más tarde para informar que todo estaba seguro. Nuevamente desaparecieron en la oscuridad para adelantarse y verificar la ruta indicada por Senín.
El grupo comenzó su marcha, adentrándose en un bosque cercano al lugar y en dirección noroeste por donde colindarían con el monasterio Éwärd. La oscuridad que los arropaba era abrumadora para Dinorah, quien en su alma sentía una sensación extraña de alivio y conformidad. Mientras más se adentraban en el camino que demostraba años de desuso por sus parchos de grama aquí y allá, y rodeado por grandes y frondosos árboles centenarios, todo poco a poco a su alrededor se tornaba más angosto. Deseaba sentir la iluminación de la sencillez de la flama de una vela, pero para no llamar la atención de indeseados ojos, no habían encendido ningún farol hasta el momento hasta estar a una distancia segura de Almĭdina.
Había pasado una hora desde que salieron del túnel, y Dinorah sentía como su pecho se contraía a cada minuto, hasta no soportar más. El dolor penetró todos sus sentidos y la oscuridad la abatía. El camino ante sus ojos se movía de un lado a otro, y se le hacía difícil mantener el balance sobre su caballo. Con suma dificultad y gran determinación de su parte, con un suspiro, que tenía rastro de una voz clamando auxilio, pronunció el nombre de su dama de compañía. Esta, que estaba cerca de ella, pero no se había percatado del estado de su señora, pensando en lo ocurrido entre ella y Berengüer. Abrió los ojos en espanto al verla, y exclamó a Senín con todas sus fuerzas.
Senín detuvo la caravana inmediatamente para ver cuál era la conmoción y al ver el estado de la princesa, miró atribulado a Alora. Por primera vez en su vida no sabía qué hacer, pues conocía que lo que le ocurría a Dinorah no era nada que con la espada pudiera, por el momento, resolver. Alora le pidió que la bajaran del caballo y la acostarán. Así lo hicieron, mientras ella buscó dentro de su mochila una vela, que pidió la encendieran de inmediato y la colocarán donde la luz tocará el rostro de la princesa. Berengüer tomó la iniciativa y encendió la vela. A Dinorah la colocaron sobre una cama de grama que crecía entre la protuberancia de una raíz inmensa; Alora se acercó a ella y comenzó a susurrar la Iluminaria en su oído.
Dinorah al ver la luz clavó su mirada en ella y dejo que todos sus sentidos se inundarán en su claridad, mientras repetía como podía en su mente la oración susurrada a su oído. Poco a poco todo su ser se fue perdiendo en la luz, hasta que perdió el conocimiento.















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