Los Siete
Eran siete al final de sus tiempos, y aunque se decía que eran omnipotentes, les quedaba de existencia varios milenios. No era que morían para dejar de existir, sino que, en su caso al ser seres diferentes a los demás de la creación, llegaba un momento en que debían pasar a otro estado. Como todo en el universo, nada se destruye se convierte, y ese era el caso de estos seres sin nombre.
Pasaban su tiempo en la contemplación de sus creaciones, añadiendo aquí y allá cosas hermosas y eternas; otros, cosas sin sentido y descripción. La aproximación de sus últimos milenios, les llevo a la meditación de su existencia, y que debían dejar atrás una vez ellos se conviertan. Todo existía bajo la luz eterna de Aquel que les dio vida, y quien vivió entre ellos milenios atrás. El universo eterno estaba bañado por esa luz, y no tenía necesidad de otra.
El más joven de estos seres, comenzó a experimentar dentro de su ser algo inexplicable. Un sentimiento que ellos no conocían, y que hasta ese momento no eran capaces de sentir. Melancolía y tristeza eran los sentimientos que nacían en él. Seducido por estos, dejo que poco a poco llenaran su ser, hasta que un momento en la existencia de los siete la luz eterna quedó obscurecida. La melancolía que sentía el más joven le lleno por completo, tanto así que la liberó a la creación. El espacio en su negrura infinita fue creado, y el más joven llegó a su estado final. El sentimiento que le embargo, nació de la simplicidad de una interrogación, ¿por qué? No deseaba llegar a su fin, sino continuar eternamente creando, pues de ella nacían los sentimientos más puros y el amor.
Los seis que quedaban, experimentaron por un momento el dolor que sintió el más joven, pero no se dejaron embargar por el. Su atención fue de inmediato atraída a su creación, que al no estar más bañados de la pureza de la luz eterna, desfallecían; otros, morían. La conversión del más joven les había dado un propósito: dar lo último de su ser por la creación.
Al tener más afinidad con Aquel que les había creado, al ser el primero, este decidió en ese momento pasar a su conversión. El primero- el Antiguo, como le vinieron a conocer las generaciones- creo la sonrisa en ese momento, y luego, con ella pintada en lo que parecía un rostro, se convirtió en trillones de soles. Se esparcieron por la negrura infinita, dando luz parcial a la creación.
Los que quedaban se tornaron al segundo de ellos, quien luego de que el Antiguo se convirtiera se adentro en la meditación. Estuvo así por siglos, mientras que los otros le observaban en silencio. Excepto por uno de ellos, el que vino tercero, quien por un instante desvió su mirada a la negrura infinita del espacio. Había algo en ella más que tristeza y melancolía, en especial en las áreas en que los rayos dorados de los soles no llegaban a las superficies de los planetas. Sin que nadie se diera cuenta, se marchó a explorar el espacio y se adentro en este, pues deseaba encontrar lo que había dentro de la negrura infinita que fue capaz de oscurecer la luz eterna. Un poder así no se podía pasar por alto, y tal vez les daría lo que ellos necesitaban para existir eternamente.
Un siglo después, el segundo salió de su meditación y se acercó a los suyos. Se dio cuenta que el tercero de ellos no estaba presente, pero no sentía su conversión. Le buscó con la mirada, pero la oscuridad del espacio no le dejaba ver a la infinidad. Confiado en que volvería a los suyos, le dijo a los que le acompañaban:
-Debemos continuar la creación.
-¿Qué más hay por crear? –preguntó la más curiosa de ellos, quien fuese la sexta.
-No hemos creados seres racionales, que, al igual que nosotros, piensen y creen. Hagamos un mundo para ellos, en donde puedan dar riendas sueltas a su imaginación. Démosles ese regalo, y observémosles hasta el final de nuestros tiempos. Cuando llegue el momento, sabremos en que debemos convertirnos para ayudarles –añadió el segundo.
-Con esa imaginación démosles también la forma de evolucionar, de crecer y madurar –comentó emocionado aquel que era cuarto entre ellos.
-¡Sí! –exclamó el quinto –Que su forma de creación no quede limitada solo a lo que puedan crear con sus manos, sino que nazca de ellos. Démosles la procreación, para que se multipliquen y aprendan a amar algo que es realmente parte de sí.
-Démosles el fuego eterno –dijo la sexta entre ellos.
Todos le miraron en asombro, excepto el segundo. Él sabía que para realizar tal hazaña debían utilizar el fuego eterno, como lo había hecho Aquel con ellos.
-Debemos usar el fuego eterno –contestó seriamente.
El cuarto se acercó al segundo y le dijo:
-Si usamos el fuego eterno que arde con más fuerza en ti, nos debilitaremos, y tal vez no podamos servirles mejor así.














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